Celada
de Marlantes o castro de las Rabas, fue durante largos años el
único castro cántabro conocido en el territorio de la
actual Comunidad Autónoma de Cantabria. Las excavaciones en una
zona llana que quizás corresponda a la necrópolis sacaron
a la luz abundantes objetos y restos óseos, algunos de ellos
humanos.
Entre los objetos aparecidos hay un campano, básicamente idéntico
a los actuales, que nos habla de la importancia que la ganadería
tenía para los cántabros en la 2ª Edad del Hierro.
Se trataba de una ganadería extensiva, en la que las vacas, caballos,
cerdos, cabras y ovejas pastaban en semilibertad, vigilados por jóvenes
armados, para defenderlos tanto de los ataques de fieras como de las
rapiñas de gentes de otros castros.
Otros objetos aparecidos aquí son las hoces, que nos vuelven
a desmentir la supuesta precariedad de la agricultura de los cántabros.
En
Celada apareció también un magnífico ejemplar de
cuchillo afalcatado, junto con varios cuchillos de filo recto enmangados
en hueso o hasta decoradas con motivos geométricos. El puñal
afalcatado es la versión pequeña de las terribles falcatas,
un arma de origen oriental, traida a Hispania por los griegos y difundida
por los íberos, de la que hay numerosos ejemplares en varios
lugares de Hispania y que también es representada en las monedas
como arma característica de cántabros y astures.
La cerámica de tipo celtibérico es ya más abundante
que en Monte Bernorio, aunque se siguen manteniendo los tipos antiguos,
como las estampilladas, con una decoración obtenida mediante
incisiones o marcas realizadas con moldes u objetos punzantes.
Al igual que en las cocinas rurales que existieron hasta bien entrado
el siglo XX, en las viviendas cántabras había llares (ganchos
para colgar los pucheros y ollas) y morillos, sobre los que se depositaban
los troncos para permitir la circulación del aire por debajo
y favorecer el tiro. Los calderos de cobre o bronce no eran muy frecuentes,
pero se conocen algunos ejemplares magníficos, como el de Cabárceno.