siglo I a.C.

Cabaña de los Baraones - Cabaña de Monte Bernorio - Cabaña de Celada Marlantes - Cabaña de la Ulaña


En este caso se trata de una cabaña de unos 3 metros de diámetro, una de las más pequeñas que se conocen.

Tésera de TuriasoEl castro de Monte Cildá es otro de los centros emblemáticos de la Antigua Cantabria, siendo habitado desde antes de la conquista romana hasta la invasión árabe. La presente cabaña esta datada en el siglo I a.C. En Monte Cildá apareció un importantísimo conjunto de inscripciones funerarias y altares cantabrorromanos, en los que se mencionan a numerosos individuos de nombre indígena y sus unidades familiares entre ellas los Celtigi (céltigos). Como muestra de los fuertes lazos de alianza que mantenían los cántabros con los pueblos de la Meseta, tenemos algunas monedas de la ciudad celtibérica de Turiaso (en la actualidad Tarazona, en la provincia de Zaragoza) y una tésera, es decir, una placa de bronce con una inscripción que simboliza un pacto de hospitalidad con dicha ciudad. Todo ello contradice la visión que nos presenta a los cántabros como un pueblo marginal, aislado y encerrado en sí mismo.

Estela funeraria de época romanaEsta cabaña cuenta con un suelo enlosado (algo poco corriente: la mayoría tenían el suelo de arcilla apisonada) y la base de la pared está reforzada con un zócalo de piedra, para evitar su deterioro por la lluvia y la nieve y dar más solidez al tabique de barro y entramado de varas.

De Monte Cildá proviene un altar dedicado a uno de los pocos dioses cántabras que conocemos, Cabuniaeginus, cuyo nombre, derivado del céltico KOB-: ayudar, proteger, cuidar, le relaciona con la medicina y la curación. Del resto del panteón conocemos a los Lucoves, forma plural del galo Lugus, dios supremo de los celtas. Candamos, dios del cíelo y la tormenta, Erudinus, relacionado con la guerra, como su esposa Nabia Orebia, Epana, procedente igualmente de Monte Cildá y equivalente a la gala Epona, diosa de los caballos y la fertilidad. Por último, no muy lejos de Monte Cildá hay un ara dedicada a Obelleginus, que podría ser un dios cántabro. Tal vez una deidad guerrera, dado que lo dedica el esclavo de un soldado de caballería del Ala Augusta.

Los celtas hispanos incineraban a sus muertos, excepto a los caídos en combate, que eran dejados en el campo de batalla para que fueran devorados por los buitres, para que de esta forma llevasen su alma a un mas allá reservado tan solo a los caídos en combate. Las cenizas de los incinerados se solían recoger en vasijas que eran depositadas, junto con las armas y/o los objetos personales del difunto, en túmulos, al aire libre o en abrigos rocosos y cuevas.


              


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